
Unos faros se reflejaron en el retrovisor del automóvil. Todd los observó y descubrió que le seguía un coche de la policía. Por Dios, ¿de dónde había salido? Miró el velocímetro. Ochenta kilómetros por hora, clavados. Estaba acostumbrado a hacer ese trayecto dos veces al mes y sabía que el límite de velocidad no cambiaba en ese tramo.
Redujo la velocidad y supuso que la policía seguiría su camino. Pero no, permaneció tras él. Sacudió la cabeza. ¿Cuántos coches lo habían adelantado a toda velocidad en la última hora, corriendo a ciento diez kilómetros o más? Claro, que no eran limusinas Mercedes con un diseño tan especial como el suyo. Lo mejor sería detenerse para evitar una posible multa. Si intentaban multarle, se habrían equivocado de automóvil. Kristof Nast no se tomaba la molestia de sobornar a simples agentes de tráfico.
Mientras encendía el intermitente y se salía de la carretera, Todd bajó el cristal que lo separaba de su pasajero. Nast estaba hablando por su teléfono móvil. Dijo algo y después apartó el teléfono del oído.
– Nos están obligando a detenernos, señor. Pero no he sobrepasado en ningún momento el límite de velocidad.
Nast asintió.
– No pasa nada. Tenemos tiempo. Limítate a coger la multa.
Todd levantó la mampara y bajó el cristal de su ventanilla. Por el espejo retrovisor observó que el agente se aproximaba. No, no era un hombre, sino una mujer policía. Y muy bonita, por cierto. Delgada, de unos treinta años, con una cabellera roja que le llegaba a los hombros y un bronceado típicamente californiano. Pero su uniforme no se ajustaba demasiado bien a su cuerpo. Parecía un par de tallas demasiado grande; probablemente lo habría heredado de algún colega masculino.
– Buenos días, agente -la saludó mientras se quitaba sus gafas de sol.
– Carné del conductor y documentación del vehículo.
Se los entregó con una sonrisa. La cara de ella permaneció impasible, mientras sus ojos y su gesto seguían ocultos tras sus gafas de sol.
