
– Por favor, descienda del vehículo.
Todd suspiró y abrió la puerta.
– ¿Cuál es exactamente el problema, agente?
– Tiene un faro trasero roto.
– Ah, vaya. Entonces hágame un parte y ya lo arreglaremos en San Francisco.
Al bajarse del coche y pisar la carretera, la mujer se giró y señaló la parte trasera del vehículo.
– ¿Puede usted explicarme esto?-preguntó.
– ¿Explicar qué?
Al acercarse a ella, el corazón de Todd comenzó a latir un poco más deprisa, pero se convenció pronto de que no podía tratarse de un problema serio. Los Nast jamás usaban el coche de la familia para nada ilegal. Pero, por si acaso, apretó las manos y cerró los puños.
Observó el coche policial aparcado apenas a 60 centímetros de distancia del suyo. Estaba vacío… Espléndido. Si la situación se complicaba, sólo tendría que ocuparse de la mujer.
La policía se metió en el angosto espacio que había entre los dos vehículos, se agachó y revisó algo justo a la derecha de la luz trasera izquierda. Frunció el entrecejo, salió de ese espacio y señaló el parachoques.
– Explíqueme eso -ordenó.
– ¿El qué?
Ella le hizo señas para que lo comprobara él mismo. Todd tuvo que ponerse de lado para meterse entre ambos coches. ¿Ella no podía haber dado marcha atrás un poco con el suyo? Tenía que haber notado que él era un hombre corpulento. Se agachó tanto como pudo y examinó el parachoques.
– Yo no veo nada.
– Más abajo -respondió ella secamente.
La muy perra. ¿Qué le costaría ser más cortés? Después de todo, él no se había puesto a discutir con ella.
Se puso de rodillas. Dios, ese espacio era mucho más estrecho de lo que pensaba, ¿o es que estaba engordando? El parachoques delantero del coche de la policía se le clavó en la espalda.
– ¿No podría alejar un poco su automóvil? ¿Por favor?
