Hoy, los hechiceros han llegado a ser algunos de los hombres más importantes del mundo. Políticos, abogados, empresarios…; revisad las filas de cualquier profesión conocida en busca de codicia, ambición y una típica falta de escrúpulos y encontraréis un conjunto de hechiceros. ¿Y las brujas? Mujeres comunes y corrientes que viven existencias comunes y corrientes, casi todas temen tanto ser perseguidas que nunca se animaron a aprender un hechizo que mate algo más grande que un pulgón.

– Era previsible -murmuré lo suficientemente fuerte como para que Sandford lo oyera.

Si entendió lo que yo quería decir, no lo demostró; se limitó a tenderme la mano y a sonreír. Decliné ambas cosas con una mirada gélida, pasé junto a él y entré en la sala de reuniones. En su interior se encontraba sentada una mujer pelirroja de estatura media, delgada, de alrededor de treinta años, con un magnífico bronceado y una sonrisa evidentemente preparada. Leah O'Donnell.

Sandford movió una mano en mi dirección.

– Te presento a la muy estimada líder del Aquelarre Norteamericano.

– Paige -dijo Leah y se puso de pie-. ¡Qué aspecto tan saludable tienes! -exclamó después de escrutar cada uno de mis kilos de más.

– ¿No se te ocurre ningún otro insulto para mí? -pregunté-. Si es así, desahógate ya mismo porque detestaría que esta noche estuvieras en la cama, insomne, pensando en todos los improperios que te tragaste.

Leah se dejó caer en su asiento.

– Oh, vamos -continué-. Adelante. Ni siquiera me vengaré. Las réplicas ingeniosas nunca han sido mi estilo.

– ¿Y cuál es tu estilo, Paige? -Preguntó Leah y señaló mi vestido-. Laura Ashley, supongo. Realmente, qué apropiado… para una bruja.

– En realidad -intervino Sandford-, por lo que tengo entendido, la mayoría de las brujas del Aquelarre prefieren los pantalones de poliéster. Azules, para que hagan juego con el tinte de su pelo.



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