
– ¿Quieres tomarte algunos minutos para pensar en algo más ingenioso? Yo puedo esperar.
– Vayamos al grano de una vez -exclamó Leah-. Tengo cosas que hacer, lugares a los que ir, vidas que arruinar. -Mostró los dientes en una sonrisa y se balanceó hacia atrás en su silla.
Yo puse los ojos en blanco, me senté y me dirigí a Sandford.
– Leah tiene razón, terminemos con esto de una buena vez. Es sencillo. No obtendrás la custodia de Savannah. Al organizar esta absurda reunión para la custodia, lo único que has conseguido es alertarme. Si te has creído que podrías asustarme con papeles falsos te has equivocado de bruja.
– Pero es que no son falsos -anunció Sandford.
– Aja. ¿En qué va a basar su argumentación? ¿En mi edad? Leah no es mucho mayor que yo. ¿Que no estoy emparentada con Savannah? Tampoco lo está Leah. Yo tengo un negocio próspero, una casa sin ninguna hipoteca, antecedentes sólidos de servicio comunitario y, lo que es más importante, la bendición del único familiar vivo de Savannah.
En los labios de Sandford se dibujó una sonrisa.
– ¿Está segura?
– Sí, estoy segura. ¿Ése es su plan? ¿Persuadir a Margaret Levine de que renuncie a la custodia?
– No, lo que quiero decir es si está segura de que la señorita Levine es el único familiar vivo de Savannah. El hecho de que su madre haya muerto no convierte a Savannah en una huérfana.
Me llevó un segundo entender lo que quería decir.
– ¿Su padre? Savannah ni siquiera sabe quién es. Oh, déjeme adivinar. De alguna manera se las ha ingeniado para encontrarlo y convencerlo de que se pusiera de parte de Leah. ¿Cuánto le ha costado? -Sacudí la cabeza… -No importa. Inténtelo. Seguirán contando mis ventajas contra las carencias de Leah, una batalla que estoy dispuesta a librar en cualquier momento.
– ¿Quién dijo que soy yo la que quiere obtener la custodia? -Preguntó Leah desde el otro extremo de la mesa-. ¿Lo dijiste tú, Gabe?
