
– Desde luego que no. Es obvio que Paige saca conclusiones equivocadas. Aquí dice textualmente… -Levantó su copia de la carta que me había enviado y simuló estar preocupado, algo tan poco creíble como si se hubiera golpeado la frente con la mano. -No puedo creerlo. Esa nueva secretaria que tengo… Le dije que incluyera tu nombre como testigo. ¿Y qué hace ella entonces? Te anota como la demandante. Increíble.
Los dos sacudieron la cabeza y después permanecieron en silencio.
– ¿Entonces quién es la parte demandante? -pregunté.
– El padre de Savannah, por supuesto -respondió Sandford-. Kristof Nast.
No reaccioné, Leah se inclinó hacia Sandford y le dijo en un susurro teatral:
– No creo que sepa de quién se trata.
Los ojos de Sandford se abrieron de par en par.
– ¿Es posible? ¿La líder del poderosísimo Aquelarre Norteamericano no conoce a Kristof Nast?
Debajo de la mesa, me clavé los dedos en los muslos para obligar a mi lengua a no pronunciar palabra.
– Es el heredero de la Camarilla Nast -continuó Sandford-. Sabe lo que es una Camarilla, ¿verdad que sí, bruja?
– He oído hablar de ellas, sí.
– ¿Ha oído hablar de ellas? -Sandford se echó a reír. -Las Camarillas son corporaciones de miles de millones de dólares con intereses internacionales. Son el logro supremo de los hechiceros, y Paige «ha oído hablar de ellas».
– Este tal Nast, ¿es un hechicero?
– Naturalmente.
– Entonces no puede ser el padre de Savannah, ¿no?
Sandford asintió.
– Reconozco que es difícil entender cómo un hechicero, en particular uno de la talla del señor Nast, pudo rebajarse a acostarse con una bruja. Sin embargo, debemos recordar que Eve era una joven muy atractiva y terriblemente ambiciosa, razón por la cual resulta comprensible que hubiera seducido al señor Nast, a pesar de la repugnancia de semejante unión.
