– No olvides -intervino Leah- que Eve no era sólo una bruja. Era también un semidemonio. Alguien realmente sobrenatural.

– ¿En serio? -dije-. ¿Un ser sobrenatural que no puede transmitirle sus poderes a sus hijos? Más una aberración que una raza, ¿no les parece? -Antes de que Leah pudiera contestarme, miré a Sandford. -Sí, coincido con que me resulta imposible pensar en que cualquier bruja se acueste con un hechicero mientras haya alguien más con un pito sobre el planeta, pero aparte de eso, existe también una imposibilidad biológica. Un hechicero sólo engendra hijos varones. Una bruja sólo tiene hijas. ¿Cómo podían entonces reproducirse? Es totalmente imposible.

– ¿Eso es una ley? -preguntó Sandford.

– Desde luego que lo es -afirmó Leah-. Paige lo sabe absolutamente todo. Estudió en Harvard.

Sandford soltó una risotada de desprecio.

– La universidad más sobrevalorada del país, y ahora hasta admiten a brujas. Cuánto se han rebajado.

– A usted no lo aceptaron, ¿verdad? -dije-. No sabe cuánto lo lamento. Sin embargo, si encuentra una prueba de que una bruja y un hechicero pueden tener hijos juntos, por favor, envíemela por fax a mi casa. De lo contrario, daré por sentado que tengo razón.

– El señor Nast es el padre de Savannah -afirmó Sandford-. Y ahora que su madre ya no está entre nosotros, él quiere asegurarse de que tenga la clase de poder que se merece, la clase de poder que Eve habría querido para ella.

– Buen argumento -dije-. Me gustaría que se animara a presentarlo en un juzgado.

– No tendremos necesidad de hacerlo -repuso Sandford-. Usted renunciará a la custodia de Savannah mucho antes de que lleguemos a ese punto.

– ¿Y cómo se proponen lograrlo?

Leah sonrió.

– Con hechicería.

– ¿Qué?

– O nos das a Savannah o le diremos al mundo lo que en realidad eres.

– ¿Quieres decir…? -No pude evitar echarme a reír. ¿Planeas acusarme de practicar la brujería? Ése sí que es un gran plan. O lo habría sido hace cuatrocientos años. ¿Brujería? ¿A quién le importa? Suena muy viejo, la verdad.



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