Sí, lo recordaba. Pero lo que más recordaba era el olor… el hedor abrumador de la muerte. Cadáver sobre cadáver, todos esparcidos por el suelo. Aunque yo no había matado a nadie, sí había participado. Estaba de acuerdo en que todos los humanos implicados en el secuestro de seres sobrenaturales debían morir para preservar nuestros secretos. Sin embargo, seguía despertándome en medio de la noche una vez al mes, empapada de sudor y sintiendo aquel olor a muerte.

– Por ahora, veamos si podemos hacernos con el asunto nosotras solas -dije.

– No les has contado nada a las Hermanas Mayores, ¿verdad?

– Pero lo haré. Es que…

– No lo hagas. Ellas solo empeorarán las cosas. Tienes razón, nosotros podemos manejar la situación. Lo único que necesitamos es encontrar a Leah. Entonces podremos matarla.

Savannah lo dijo con tanta indiferencia que a mí se me cortó la respiración. Antes de poder responder, sonó el timbre de la puerta.

Eran las Hermanas Mayores. Las tres estaban de pie en mi porche, y sus expresiones iban de una confusión insulsa (Margaret), a una preocupación llena de zozobra (Therese) y a una furia apenas contenida (Victoria).

Margaret Levine, Therese Moss y Victoria Alden habían sido las Hermanas Mayores del Aquelarre desde que yo tenía uso de razón. Eran grandes amigas de mi madre y, como tales, formaban desde siempre parte de mi vida.

Therese era la imagen misma de las brujas según Gabriel Sandford, con el tinte azul del pelo y los pantalones ajustados de poliéster; el estereotipo de la abuela con un enorme regazo y suficientes provisiones como para soportar un asedio de varios días. Margaret, la tía de Savannah, era, a sus sesenta y ocho años, la más joven de las Hermanas Mayores. Fue una verdadera belleza en su juventud y aunque seguía siendo sumamente atractiva, lamentablemente, representaba otro estereotipo: el de la guapa tonta. ¿Y Victoria Alden? Era el modelo de la ejecutiva del siglo XXI, una mujer enérgica e impecablemente acicalada, que usaba trajes de chaqueta y pantalón a la inglesa y pantalones militares de color caqui en los campos de golf y despreciaba a los ejecutivos menos activos como si cualquier deterioro físico o mental que padecieran se debiera sólo a su propia negligencia.



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