Anulé los hechizos perimetrales y abrí la puerta. Victoria entró con paso decidido y se dirigió al comedor sin molestarse en quitarse los zapatos. Mala señal. Según las leyes de etiqueta del Aquelarre -que guardaban un inquietante parecido con las de Emily Post, de 1950- uno siempre debía quitarse los zapatos en la puerta de una casa como señal de cortesía hacia la dueña. Entrar con los zapatos puestos representaba estar al borde del insulto. Por fortuna, Therese y Margaret sí se quitaron su calzado ortopédico, y eso me indicó que la situación no era del todo crítica.

– Tenemos que hablar -dijo Victoria.

– ¿Os gustaría una taza de té primero? -pregunté-. Creo que tengo también muffins recién hechos, si Savannah no se los ha comido todos.

– No estamos aquí para comer, Paige -dijo Victoria desde el comedor.

– ¿Té, entonces?

– No.

Rechazar dulces caseros ya era alarmante, pero, ¿rechazar una bebida caliente? Eso nunca había ocurrido en los anales de la historia del Aquelarre.

– ¿Cómo has podido mantenernos al margen de esto? -Me espetó Victoria cuando me reuní con ellas en el salón-. Una lucha por la custodia es algo muy grave. Pero una batalla legal destinada a eso es…

– No se trata de una batalla legal por la custodia -intervino Savannah, apareciendo por un rincón-. Obtener mi custodia sería algo así como secuestrarme, entrar en esta casa por la fuerza y sacarme a rastras. Así es como veo yo esa batalla por la custodia. Victoria se dirigió a mí.

– ¿De qué habla esta muchacha?



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