
– Oh, lo lamento. ¿Así está mejor?
El coche avanzó hasta aprisionarlo por completo. Los pulmones de Todd se quedaron sin aire. Abrió la boca para gritarle que diera marcha atrás, pero de pronto se dio cuenta de que ella seguía de pie junto al coche… que ni siquiera tenía el motor encendido. Se agarró del parachoques de la limusina y empujó. El olor a goma quemada impregnaba el aire.
– Oh, vamos -dijo la mujer, inclinada sobre él-. Seguro que puede hacerlo mucho mejor. Póngale más entusiasmo.
Cuando intentó golpearla, ella retrocedió hasta quedar fuera de su alcance y se echó a reír. Él trató de hablar, pero no pudo aspirar suficiente aire para hacerlo. De nuevo, empujó el parachoques. El revestimiento de goma que lo cubría se derritió contra sus dedos, pero el vehículo ni se movió.
– ¿Solamente un Igneus? -preguntó ella-. Los miembros de la Camarilla deben de andar muy escasos de semidemonios. Quizá ahora habrá una vacante para mí. No se mueva, enseguida vuelvo.
Leah abrió la puerta del conductor y subió al asiento delantero de la limusina. Miró las dos hileras de botones del tablero de instrumentos. Cuánto derroche electrónico… ¿Cuál sería el que…?
El cristal que había entre los asientos de delante y de atrás zumbó. Bueno, eso solucionaba su problema.
– ¿Todo salió…? -comenzó a decir Nast. Pero entonces la vio y enmudeció. Levantó la mano, apenas sobre las rodillas, y movió los dedos al tiempo que abría los labios.
– Vamos, vamos -dijo Leah-. Nada de hechizos.
El cinturón de seguridad de Nast lo ciñó con tanta fuerza que el hombre jadeó.
– Ponga las manos donde yo pueda verlas-le ordenó Leah.
Nast la fulminó con la mirada. Sus dedos se movieron y la chica se echó hacia atrás y se golpeó con el tablero de instrumentos.
– Está bien, me lo merecía -reconoció ella sonriendo mientras se enderezaba. Miró el cinturón de seguridad y lo aflojó un poco-. ¿Así está mejor?
