– Savannah, ¿qué tal si llevas a tu tía al sótano y le enseñas tus obras de arte?

– No.

– Savannah, por favor. Nosotras tenemos que hablar.

– ¿Y? Es sobre mí, ¿no?

– ¿Lo veis? -Victoria giró hacia Therese y Margaret y sacudió la mano en dirección a Savannah y a mí-. Éste es el problema. La muchacha no siente el menor respeto por Paige.

– La muchacha tiene nombre -dije.

– No me interrumpas. Tú no estás preparada para esto, Paige. Te lo advertí desde el principio. Jamás deberíamos haberte permitido que te la llevaras. Eres demasiado joven y ella es demasiado…

– Estamos muy bien -la interrumpí y apreté tanto los dientes que me dolieron.

– ¿No quieres ver mis obras de arte, tía Maggie? -Preguntó Savannah-. Mi maestra asegura que tengo mucho talento. Ven, acompáñame y te mostraré mis cosas. -Se puso de pie de un salto, se alejó un poco y en su cara se pintó una sonrisa de «buena chica» que pareció dolerle tanto como mis dientes apretados. -Ven, tía Maggie -la llamó Savannah con un canturreo agudo-. Te voy a enseñar mis cómics.

– ¡No! -grité al ver que Margaret la seguía-. Muéstrale los óleos, por favor. Los óleos. -De alguna manera, dudaba de que Margaret pudiera entender el humor de los sombríos cómics de Savannah. Lo más probable era que le produjeran un infarto… justo lo que yo necesitaba.

Cuando desaparecieron, Victoria me recriminó:

– Deberías habernos hablado de esto.

– Recibí la noticia ayer mismo, después de hablar contigo por teléfono. No quise tomármelo en serio ni preocuparos. Después, cuando esta mañana me reuní con ellos, me di cuenta de que sí era algo serio, y ahora estaba a punto de llamar a Margaret…

– Sí, claro. Me lo imagino.

– Vamos, Victoria -murmuró Therese.

– ¿Sabes con qué te están amenazando? -Prosiguió Victoria-. Con desenmascararte, con revelar lo que eres. Y con desenmascararnos también a nosotras. Alegan que no sirves como tutora porque eres una bruja en prácticas.



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