– ¿Por lo menos has oído que sucediera alguna vez? -pregunté.

– Desde luego que no. Las brujas del Aquelarre jamás harían una cosa así. Pero sí lo creería de Eve Levine. Te acuerdas de Eve, ¿verdad, Therese? Ella haría una cosa así simplemente porque no era nada normal.

– ¿Qué opina Savannah? -preguntó Therese.

– No tiene idea de quién es su padre. Pero yo no le he mencionado lo del juicio por paternidad. Ella cree que Leah es la única que piensa luchar por su custodia.

– Bien -dijo Victoria-. Mantengamos las cosas así. No quiero que nadie del Aquelarre sepa esto. No dejaré que piensen que hemos permitido que una bruja con sangre de un hechicero forme parte de nuestro Aquelarre o se preocupen de que un hechicero pueda venir a East Falls.

– ¿Un hechicero? ¿En la ciudad? -preguntó Therese, aterrada.

Victoria entrecerró los ojos.

– Él no está todavía en la ciudad, ¿verdad que no?

– Que yo sepa, Kristof Nast se encuentra aún en Los Ángeles -respondí y decidí no complicar más la situación mencionándoles a Sandford-. Yo me ocuparé de la acusación de brujería y del desafío por la custodia.

Therese asintió.

– Tienes que manejar la situación adecuadamente, querida. Consigue un abogado. Los Cary son excelentes.

¿Meter a un abogado humano en este lío? No me parece oportuno. Un momento: a lo mejor no es tan descabellado después de todo.

Acababa de darme una idea.


La belleza de la ciencia

Una vez que la puerta de la calles se cerró tras las Hermanas Mayores, lancé de nuevo hechizos de cerrojo y los perimetrales; después, cogí el listín telefónico. En ese momento entró Savannah.

– De modo que realmente hay una batalla por la custodia, ¿no? -dijo mientras se dejaba caer en el sofá.

– Creí que lo sabías.

– Cuando dijiste que Leah quería mi custodia, supuse que ella sólo quería que tú me entregaras.



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