
Esta vez la reunión era con Grant Cary hijo. Sí, elegí a Grant hijo. A pesar de los recelos que me provocaba su conducta moral, era un buen abogado. Y me conocía… Bueno, no tan bien como él quisiera, pero lo suficientemente bien. Cuando hablé con él por teléfono el día anterior, pareció interesarse en el caso. Concertamos encontrarnos a las diez y entrevistarnos con Leah y Sandford a las once.
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Ya llevaba veinte minutos sentada en la oficina de Cary, mirando por el enorme ventanal que había detrás de su escritorio mientras él leía los papeles que le había llevado. Hasta el momento todo había salido sobre ruedas. Aparte de quedarse mirando mis tetas, no había hecho ninguna otra cosa inadecuada. Creo que tal vez me había mostrado demasiado severa con él. No sé por qué, pero suelo atraer a los tipos como Cary, casados y de cuarenta y tantos, hombres que deben verme no como una belleza despampanante, pero sí como una mujer joven capaz de disfrutar y de apreciar las atenciones de un hombre maduro.
Por lo que yo intuía de Grantham Cary II, lo más probable era que tuviera un lío con cada mujer que conocía. Era el clásico muchacho norteamericano de 1975, la estrella más brillante de la ciudad, todas las chicas babeaban si él se dignaba siquiera mirarlas. Avanza directo al siglo XXI Su partido semanal de golf ya no logra compensar su falta de aventuras amorosas, últimamente tiene que peinarse de una manera especial para cubrir su calva incipiente, entrecierra los ojos para no tener que usar los bifocales que esconde en el cajón de su escritorio, y pasa sus días en una oficina llena de trofeos deportivos pertenecientes a décadas pasadas. Todavía atractivo, pero más codiciado por su cuenta bancaria que por sus bíceps.
