
Me encantan las sorpresas.
Me encontraba sola en la sala de reuniones, cuando Lacey hizo pasar a Sandford y a Leah a las once en punto. Cary había aceptado esperar algunos minutos antes de reunirse con nosotros.
Leah entró casi dando saltos, con la excitación de un niño nervioso el día de Navidad. Sandford la seguía mientras intentaba disimular -sin conseguirlo- su sonrisa de autosuficiencia.
– ¿Habéis traído los papeles? -pregunté impostando un cierto temblor de voz.
– Desde luego. -Sandford me los deslizó desde el otro lado de la mesa.
Durante algunos minutos me quedé mirando esas hojas en las que yo renunciaba a mis derechos de custodia de Savannah. Respiré hondo y luego dije:
– No puedo hacer esto.
– Sí que puede -dijo Sandford.
– No, realmente no puedo -insistí y empujé los papeles hacia él con una sonrisa parecida a la suya-. No pienso renunciar a ella.
– ¿Qué? -exclamó Leah.
– Oh, sí, ha sido un plan muy astuto; eso lo reconozco. Amenazar con desenmascararme y asegurarse de que las Hermanas Mayores se enteraran de ello, para que si yo no cedía, ellas me obligaran a hacerlo. Pues bien, subestimasteis el Aquelarre. Con su apoyo, voy a luchar contra este recurso.
Se quedaron descompuestos. Memoricé bien su expresión para no olvidar el placer de aquel momento.
– ¿Qué opina de esto Margaret Levine? -preguntó Leah.
– ¿Realmente quieres saberlo? -Cogí el teléfono-. Llámala. Estoy segura de que tienes el número. Llama a todas las Hermanas Mayores. Pregúntales si me apoyan.
– Esto es descabellado-. Leah fulminó con la mirada a Sandford, como si todo fuera culpa suya.
– No -dije yo-, no tiene nada de descabellado. Os aseguro que entiendo perfectamente que éste es un asunto legal serio y, como tal, lo estoy tratando con mucha seriedad. Por ese motivo he conseguido alguien que me represente legalmente.
