Me dirigí a la puerta y le hice señas a Cary, quien aguardaba en el hall.

– Creo que ya conocen al señor Cary -dije.

Ambos se quedaron estupefactos. Bueno, quizá no tanto, pero casi.

– Pero es un… -comenzó a decir Leah antes de frenarse.

– Es un excelente abogado -aseguré-. Y me alegra que haya aceptado representarme.

– Gracias, Paige. -En la sonrisa de Cary noté más calidez personal de lo que me hubiera gustado, pero me sentía demasiado feliz como para que me importara-. Ahora aclaremos el quid de la cuestión. Con respecto a la prueba de ADN, ¿puedo dar por sentado que su cliente está dispuesto a someterse a ella inmediatamente?

Sandford palideció.

– Nuestro… mi cliente es un… es un hombre muy ocupado. Sus intereses comerciales hacen que le resulte totalmente imposible alejarse en este momento de Los Ángeles.

– De lo contrario estaría aquí ahora -intervine-. Caramba, ¿no es raro? Está muy interesado en obtener la custodia de su hija, pero no puede conseguir unos días libres para volar hasta aquí y conocerla.

– Podría someterse a esa prueba en California -dijo Cary-. Aunque nuestra firma es pequeña, tenemos contactos en San Francisco. Estoy seguro de que ellos supervisarían el análisis con gusto.

– Mi cliente no desea someterse a una prueba de ADN.

– Sin ADN no hay causa posible -afirmó Cary.

Sandford me lanzó una mirada feroz.

– Jaque mate -dije. Y sonreí.

Cuando Sandford y Leah se fueron, Cary regresó junto a mí y sonrió.

– Ha ido todo muy bien, ¿no te parece?

– Más que bien. ¡Perfecto! Te lo agradezco muchísimo.

– Con suerte, todo terminará aquí. No creo que quieran seguir con el juicio sin la prueba del ADN. -Consultó su reloj-. ¿Tienes tiempo para un café? Así hablamos de algunos detalles antes de mi próximo compromiso.



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