– Le aconsejo que piense bien lo que está haciendo -fue la respuesta de Nast, quien se arregló la chaqueta y se echó hacia atrás en el asiento-. Dudo mucho que esté haciendo lo correcto.

– No soy estúpida ni suicida. No he venido aquí a hacerle daño. Ni siquiera le he hecho nada a su guardaespaldas. Bueno, al menos no le he hecho nada que unas pocas semanas de cama no curen. Estoy aquí para hacer un trato con usted, Kristof… Vaya, lo siento, quería decir… señor Nast. Se trata de su hija.

Nast levantó la barbilla y la miró a los ojos por primera vez.

– Y ahora que al fin cuento con su atención…

– ¿Qué pasa con Savannah?

– Usted la ha estado buscando, ¿no es así? Ahora que Eve ya no está, no hay nadie que le impida tomar lo que es suyo. Y yo soy la persona indicada para ayudarle a conseguirlo. Sé exactamente dónde está su hija.

Nast se levantó un poco la manga, consultó su reloj y luego miró a Leah.

– ¿Mi chofer puede reanudar su tarea?

Ella se encogió de hombros.

– Lo dudo mucho.

– En ese caso, espero que usted sea capaz de hablar y de conducir al mismo tiempo.

Hechizada, fastidiada y confundida

De nuevo volvía a tener problemas con las hermanas Mayores.

Yo había supuesto un verdadero problema para ellas durante toda mi vida y ahora, a mis veintitrés, ya no me valía la excusa de seguir siendo una adolescente rebelde.

– Hay que hacer algo con Savannah. -La voz de Victoria Alden sonaba especialmente angustiada al otro lado del teléfono.

– Aja. -Mis dedos volaron sobre el teclado y comenzaron a golpear la siguiente línea de código.

– Te oigo teclear -dijo Victoria-. ¿Estás escribiendo algo, Paige?

– Es por los plazos de entrega. La ampliación de los Servicios Legales Springfield de la página web. Es dentro de dos días, y ya sabes lo rápido que pasa el tiempo. Mira, ¿podemos hablar de esto más adelante? La semana que viene estaré en la reunión del Aquelarre y…



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