Pensé en no prestar atención a la vela hasta terminar el té, pero mi vecina de enfrente, la señorita Harris, la había visto, y lo más probable era que llamara a los bomberos y me acusara de querer incendiar todo el vecindario.

Al salir al porche vi la vela con claridad y se me cortó la respiración. Tenía la forma de una mano humana y en la punta de cada uno de sus dedos brillaba una pequeña llama. La Mano de la Gloria. Esto superaba cualquier broma inocente de un chiquillo. Quienquiera que lo hubiera hecho sabía algo acerca de lo oculto y tenía una mente muy retorcida.

Me acerqué a la vela y, al levantarla, mis dedos se cerraron no sobre la cera dura sino sobre piel fresca. Pegué un salto hacia atrás y la arrojé al suelo. Una llama seguía encendida y un hilo de humo se elevaba hacia el cielo. Volví a bajar los escalones a la carrera y agarré de nuevo la mano, pero cuando toqué la piel helada, mi cerebro no quiso saber nada y una vez más la dejé caer al suelo.

Las luces se encendieron en casa de la señorita Harris. Me arrodillé para ocultar la mano y traté de apagar la llama golpeándola contra un montón de césped segado que Savannah había metido debajo del porche. Las llamas me chamuscaron los dedos. Reprimí un grito y seguí golpeando el fuego contra el césped hasta que se apagó.

Cerré los ojos, recobré el aliento y me di la vuelta para observar esa cosa que yacía sobre la hierba. Era una mano cortada, con piel de color gris marronáceo, un trozo de hueso aserrado asomaba por la parte inferior, la piel estaba arrugada y despedía un fuerte olor a conservantes. Cada dedo, cubierto con cera, tenía incrustado un pabilo.

La Mano de la Gloria.



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