
Tendida en la cama traté de imaginar las razones de Leah, pero sólo podía pensar en esa mano, envuelta en una toalla en el fregadero. El hedor que despedía invadió toda mi casa. No podía sacarme de la cabeza el recuerdo de haberla tocado, no podía olvidar que seguía estando allí, no podía dejar de preocuparme acerca de cómo deshacerme de ella. Estaba aterrada. Y es posible que, después de todo, eso fuera lo que Leah se proponía.
Puse el despertador a las dos de la madrugada, pero no debería haberme molestado en hacerlo. No pude dormir; sólo me quedé acostada, contando los minutos. Y a la una y media decidí que ya era suficientemente tarde.
Se inicia la segunda fase
Antes de abandonar mi habitación, me cubrí el camisón de seda con un kimono haciendo juego. Por alguna razón, esto me pareció más sensato que vestirme. Del armario de la entrada elegí las viejas botas de goma que mi madre solía usar para sus tareas de jardinería. Las había conservado con la leve esperanza de que alguna vez tendría habilidad para imitarla.
Salí por la puerta de atrás, lanzando a mi paso hechizos perimetrales. Había dejado la mano en el fregadero, así que si alguien me veía cavando, al menos no sabría qué enterraba en ese hoyo. Sí, como si eso sirviera de algo si me descubrían en el bosque después de la medianoche cavando una fosa, vestida con un kimono rojo de seda y botas de goma negras.
Una vez afuera, olí humo. Cuando se me cerró el estómago, maldije el miedo que me produjo.
