
– ¿La semana que viene? Me parece que no te estás tomando esto en serio, Paige. Levanta el teléfono, deja de trabajar y habla conmigo. ¿Dónde aprendiste esos modales? No de tu madre, que en paz descanse.
Descolgué el teléfono, me lo apoyé entre el hombro y la oreja y traté de seguir tecleando muy despacio.
– Se trata de Savannah -explicó Victoria.
¡Vaya novedad! Una de las pocas ventajas de ocuparse de la custodia de Savannah Levine, de trece años, era que mis rebeldías parecían mínimas en comparación con las suyas.
– ¿Qué ha hecho ahora? -pregunté. Entré en mi archivo de funciones informáticas. Estaba segura de haber escrito una función para este último año. Maldita sea, ahora no la encontraba.
– Bueno, anoche estaba charlando con Grace y ella me expresó su preocupación acerca de algo que Savannah le dijo a Brittany. Ahora bien, Grace reconoce que Brittany puede haber interpretado mal los detalles, lo que tampoco me extraña nada. No solemos exponer a las neófitas del Aquelarre a esta clase de cosas, así que no me sorprendería que Brittany no hubiera entendido de qué estaba hablando Savannah. Parece que… -Victoria hizo una pausa y respiró hondo, como si le costara continuar-. Parece que Brittany está teniendo problemas con algunas chicas en el colegio, y que Savannah se ofreció a…, bueno a ayudarla a preparar una pócima que haría que esas chicas no pudieran asistir al baile del colegio.
– Aja. -Ah, allí estaba la función. Acababa de salvar el medio día que me había pasado codificando-. ¿Y qué?
– ¿Y qué? ¡Savannah se ofreció a hacer que esas chicas se pusieran malas!
– Tiene trece años. A su edad a mí me habría gustado hacer que muchas personas enfermaran.
– Pero no lo hiciste. ¿Verdad que no?
– Solo porque no conocía los hechizos. Eso fue una suerte, porque de lo contrario se habría producido una epidemia bastante seria.
