Colgó.

Estrellé el auricular contra la base y salí de mi oficina murmurando todo lo que desearía haberle dicho a Victoria. Sabía cuándo callarme, aunque a veces saber cuándo hacer algo y hacerlo son cosas muy diferentes. Mi madre era la diplomática de la familia. Trabajó durante años para poder introducir pequeños cambios en las leyes del Aquelarre, suavizando siempre los asuntos más polémicos y defendiendo su punto de vista con una sonrisa.

Ahora ya no estaba entre nosotras. Había sido asesinada hacía nueve meses. Nueve meses, tres semanas y dos días. Mi mente hizo el cálculo automáticamente, por su cuenta, abriendo en mí ese pozo de dolor. Volví a cerrarlo enseguida. Ella no habría deseado que fuera de otra manera.

A mí me trajeron a este mundo por una razón. A los cincuenta y dos años, después de una vida demasiado atareada para ocuparse de los hijos, mi madre observó detenidamente el Aquelarre y no vio ninguna posible sucesora que valiera la pena, de modo que encontró una «donante genética» adecuada. Una hija nacida y criada para dirigir el Aquelarre. Ahora que ella ya no estaba, yo debía honrar su memoria cumpliendo ese propósito, y lo haría, lo quisieran o no las Hermanas Mayores.


* * *

Apagué el ordenador. La llamada de Victoria se había llevado consigo todo mi interés por la programación. Cuando me sentía así, necesitaba hacer algo que me recordara lo que yo era y lo que quería lograr. Eso significaba practicar mis hechizos, pero no los aprobados por el Aquelarre, sino la magia que ellos prohibían.

Una vez en mi dormitorio, aparté la pequeña alfombra, abrí con mi llave la trampilla de mi pequeño escondite y extraje una mochila. Después me agaché, metí la mano hasta el fondo del agujero, descorrí un pasador secreto, abrí un segundo compartimiento y saqué dos libros. Eran mis grimorios, mis manuales secretos de hechicería. Después de meter los libros en el bolso me dirigí a la puerta trasera.



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