– Creo que sí -dijo Phillip-. Ahora os estará viendo a todas horas desde el cielo, así que debe de ser muy feliz.

Los gemelos se quedaron pensando en aquellas palabras unos segundos.

– Ojalá sea feliz -dijo Oliver, al final, con una voz más decidida que su rostro-. A lo mejor, allí ya no llorará.

Phillip sintió un nudo en la garganta. Nunca se había dado cuenta de que los niños podían oír cómo su madre lloraba. Lo solía hacer bastante tarde y, aunque la habitación de los niños estaba justo encima de la suya, Phillip siempre había supuesto que, cuando ella lloraba, ellos ya debían estar dormidos.

Amanda asintió con aquella pequeña cabeza cubierta de mechones rubios.

– Si ahora es feliz -dijo-, me alegro de que se haya ido.

– No se ha ido -intervino Oliver-. Se ha muerto.

– No, se ha ido -insistió Amanda.

– Es lo mismo -dijo Phillip, con rotundidad, deseando poder decirles otra cosa que no fuera la verdad-. Pero creo que ahora es feliz.

Y, en cierto modo, aquella también era la verdad. Después de todo, era lo que Marina quería. A lo mejor era lo único que había querido todos esos años.

Los niños se quedaron en silencio un buen rato, sentados al borde de la cama de Oliver, observando el balanceo de sus piernas. Allí, sentados en aquella cama que, obviamente, era demasiado alta para ellos, se veían muy pequeños. Phillip frunció el ceño. ¿Cómo es que no se había dado cuenta hasta ahora? ¿No deberían dormir en camas más bajas? ¿Y si se caían por la noche?

A lo mejor ya eran muy mayores para eso. A lo mejor ya no se caían de la cama. A lo mejor nunca lo habían hecho.

A lo mejor sí que era un padre abominable. A lo mejor debería saber todas esas cosas.

A lo mejor… A lo mejor… Cerró los ojos y suspiró. A lo mejor debería dejar de pensar tanto e intentar hacerlo lo mejor que pudiera y ser feliz con eso.

– ¿Tú también te irás? -preguntó Amanda, levantando la cabeza.



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