
Phillip la miró a los ojos, unos ojos tan azules, tan iguales a los de su madre.
– No -dijo, en un doloroso suspiro, arrodillándose frente a ella y tomándole las manos. Encima de la suya parecían tan pequeñas y frágiles-. No -repitió-. Yo no me iré. Nunca me iré…
Phillip bajó la cabeza y miró el vaso de whisky. Volvía a estar vacío. Era gracioso cómo se seguía vaciando incluso después de haberlo llenado cuatro veces.
Odiaba los recuerdos. No sabía cuál era peor, si la zambullida en las aguas heladas del lago o cuando la señora Hurley lo había mirado y había dicho: “Está muerta”.
O quizá los niños, con esas caras de pena y los ojos llenos de miedo.
Se acercó el vaso a la boca, bebiendo las últimas gotas de licor. Sí, la peor parte era lo de los niños. Les había dicho que jamás los dejaría y no lo había hecho, ni lo haría, pero su mera presencia no era suficiente. Necesitaban más. Necesitaban a alguien que supiera hacerles de madre o de padre, que supiera hablar con ellos, entenderlos y educarlos.
Y, como no podía buscarles otro padre, supuso que debería buscarles otra madre. Aunque todavía era muy pronto, claro. No podía volver a casarse hasta que hubiera pasado el periodo de luto, pero eso no significaba que no pudiera empezar a buscar.
Suspiró y se hundió en la butaca. Necesitaba una esposa. Cualquiera. No le importaba qué aspecto tuviera. Tampoco le importaba que tuviera dinero, que supiera sumar mentalmente, que hablara francés o que montara a caballo.
Sólo tenía que ser una persona alegre.
¿Era pedir demasiado para una esposa? Una sonrisa, al menos una vez al día. ¿Incluso, quién sabe, escuchar el sonido de su risa?
Y tenía que querer a los niños. O, como mínimo, hacerlo ver de manera tan convincente que ellos no se dieran cuenta.
No estaba pidiendo un imposible, ¿no?
– ¿Sir Phillip?
Phillip levantó la cabeza, maldiciéndose por haber dejado la puerta del estudio entreabierta. Miles Carter, el secretario, asomaba la cabeza.
