
– ¿Perdón?
– Creo que él está relacionado con Mrs. Brougham, no con Mr. Brougham. No sé cuál es el nombre de su familia.
Me encogí de hombros.
Ella volvió a su carta. Mi madre escribe un excesivo número de cartas. Sobre qué, no me puedo imaginar. No podría llamar a nuestra familia aburrida, pero somos sin duda corrientes. Seguramente sus hermanas estarían aburridas de Georgiana dominando la conjugación francesa y de Frederick tiene pelada la rodilla.
Pero a Madre le gustaba recibir cartas, y ella decía que uno tenía que mandar al recibir, así que estaba en su escritorio, casi todos los días, relatando los detalles aburridos de nuestras vidas.
– Alguien viene, – ella dijo, justo cuando yo estaba empezando a quedarme dormida en el sofá. Me senté y me giré hacia la ventana. Efectivamente, un carro estaba rodando hacia la entrada.
– Pensé que nosotros quisimos decir ir a cabalgar, – dije, un poco irritada. ¿Había estado sofocada en mi traje de montar para nada?
– Así fue, – murmuró Madre, sus cejas unidas cuando ella miró hacia el carruaje que se acercaba.
No pensaba que Mr. Brougham, o quien estuviera en el carruaje, pudiera ver dentro del salón a través de la ventana abierta, pero por si acaso, mantuve mi posición digna en el sofá, inclinando la cabeza ligeramente para poder observar los acontecimientos frente a la entrada.
El carruaje se detuvo, y un elegante caballero descendió, pero con su espalda hacia la casa, y no pude ver nada de él distinto a su altura (media) y a su pelo (oscuro). Entonces él extendió la mano y ayudó a una joven a bajar.
¡Dulcie Brougham!
– ¿Qué hace ella aquí? – dije indignada.
Y entonces, una vez que Dulcie tuvo ambos pies seguros sobre el terreno, el caballero ayudó a otra chica, a continuación a otra. Y luego a otra.
– ¿Ha traído a todas las chicas Brougham?, – mi madre preguntó.
– Por lo visto sí.
