
– Estás fuera muy tarde, – el dijo, sentándose junto a mí. Dejó su linterna y arrastró sus manos contra sus pantalones de trabajo, quitándose la tierra suelta.
– Sólo pensando, – contesté.
Él movió su cabeza, después apoyó sus codos sobre sus muslos y miró al cielo. – ¿Alguna estrella fugaz esta noche?
Sacudí mi cabeza aunque él no estaba mirándome. – No.
– ¿Necesitas una?
Me sonreí a mí misma. El preguntaba si tenía algún deseo que quisiera realizar. Solíamos desear sobre las estrellas juntos todo el tiempo cuando yo era más pequeña, pero de alguna manera lo habíamos convertido en un hábito.
– No, – dije. Me sentía introspectiva, pensaba en Charles y me preguntaba lo que significaba que había pasado toda la tarde con él y ahora no podía esperar a verle mañana otra vez. Pero no sentía como si yo necesitara que me concedieran un deseo. Por lo menos, todavía no.
– Yo siempre tengo deseos, – él comentó.
– ¿Los tienes?, – me giré hacia él, mi cabeza inclinada hacia un lado hasta observar su perfil. Sé que el había sido terriblemente infeliz antes de que hubiera encontrado a mi actual madre, pero de eso hacia mucho tiempo. Si un hombre tenía una vida feliz y satisfecha, ese era él.
– ¿Qué es lo que deseas?, – pregunté.
– La felicidad y la salud de mis niños, ante todo.
– Eso no cuenta, – dije, sintiéndome a mi misma sonreír.
– Oh, ¿no me crees? – Él me miró, había más que un toque de diversión en sus ojos. – Te lo aseguro, es la primera cosa que yo pienso en la mañana y la última antes de acostarme.
– ¿De verdad?
– Tengo cinco hijos, Amanda, y cada uno de ellos está sano y fuerte. Y hasta donde yo sé, todos son felices. Es probablemente una suerte tonta que todos vosotros hayáis salido tan bien, pero no voy a tentar al destino deseando algo más.
