Decker, que por razones diferentes dejó la medicina para pasar al periodismo, no había dejado por ello de leer con avidez algunas de las mejores publicaciones científicas. Fue así como se cruzó con el artículo de la revista Science

Al principio le pareció increíble, risible incluso, pero entre los científicos involucrados, Decker topó con el nombre del doctor Harry Goodman. Aquello no tenía ningún sentido. Decker sabía muy bien que Goodman era un ateo declarado. Bueno, no exactamente ateo. A Goodman le gustaba hablar sobre lo incierto de todas las cosas. En el despacho de la universidad tenía dos carteles clavados a la pared. El primero estaba escrito a mano y decía así: «Primera ley del éxito de Goodman: la distancia más corta entre dos puntos es la que se salta las normas» (filosofía que, obviamente, no encajó del todo con el rector). El segundo cartel era una impresión psicodélica, muy del estilo de finales de los años sesenta, en el que se podía leer: «Pienso, luego existo. Eso pienso». Esta mezcla de incertidumbre acerca de su propia existencia y su ausencia de fe en Dios habían llevado a Goodman a definirse como «ateo de pensamiento pero agnóstico en la práctica». Así las cosas, ¿qué hacía un hombre como Goodman uniéndose a una ridícula expedición para estudiar el Sudario de Turín?

Decker archivó la información en algún lugar de su memoria y es posible que no la hubiese rescatado de allí nunca más si no llega a ser por la llamada telefónica de un viejo amigo, Tom Donafin. Tom era reportero del Courier de Waltham, en Massachussets, y llamaba para hacerle una consulta sobre una noticia en la que estaba trabajando, la corrupción en la banca; asunto sobre el que había mucho material en Knoxville por aquel entonces. Una vez zanjado aquel tema, Tom preguntó a Decker si había visto el artículo de Science.



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