
– Sí -contestó Decker-. ¿Por qué?
– Por nada, pensaba que te interesaría saber en qué anda metido el viejo Cejas Pobladas -comentó Tom con una carcajada.
– ¿Estás seguro de que se trata de la misma persona? No lo vi en ninguna de las fotografías.
– Al principio me pareció imposible, pero hice unas cuantas averiguaciones y, sí, efectivamente, se trata de él.
– ¿Sabes qué? -dijo Decker pensando en voz alta-. Puede que aquí haya una buena historia. La religión vende.
– Si te refieres a cubrir la expedición, creo que tienes razón, pero las medidas de seguridad son excepcionales. Intenté indagar un poco en los detalles de la expedición y fue como chocar contra un muro. Han limitado la cobertura de la expedición a un único reportero, un tipo de National Geographic. [3]
– Eso me suena a reto -dijo Decker.
– Bueno, no digo que no pueda hacerse, pero no va a ser fácil.
Decker empezó a cavilar sobre cómo hacer para conseguir la historia, si acaso le llegaba a interesar. Podía tomar la vía directa e intentar razonar con quien fuera el que mandara en la expedición. Después de todo, ¿por qué iban a contar sólo con un periodista? Por otro lado, ¿qué argumento iba a esgrimir para convencerles de que incluyeran en la expedición a un tipo de un pequeño y desconocido semanario de Knoxville, Tennessee? Estaba claro que su mejor baza pasaba por hablar con Goodman.
Durante las tres semanas siguientes, Decker hizo varios intentos por ponerse en contacto con su viejo profesor, pero fue inútil. Goodman estaba de viaje académico en algún lugar de Japón y ni siquiera su mujer, Martha, sabía con exactitud dónde se encontraba. Sin más armas que la suerte y la determinación, Decker consiguió billete para volar a Norwich, en Connecticut, y reservó habitación en el hotel donde el equipo de la Sábana debía reunirse el fin de semana del Día del Trabajo.
