
A la mañana siguiente, Decker se enteró de que en el hotel había un comedor privado reservado para unas cincuenta personas. Tras interrogar a un camarero, pudo confirmar rápidamente que era allí donde iba a reunirse el equipo de la Sábana. Pocos minutos después empezaban a entrar en él los primeros miembros del equipo. Aquellas cejas eran inconfundibles.
– Profesor Goodman -dijo Decker aproximándose con la mano tendida.
Goodman le miró desconcertado.
– Hawthorne -socorrió Decker. Era evidente que Goodman intentaba situar la cara, así que añadió-: De la Universidad de Tennessee.
Bajo las pobladas cejas, pudo distinguir un destello de reconocimiento en los ojos verde pálido del profesor.
– ¡Pues, claro, Hawthorne! Pero… ¡qué diablos! ¿Cómo te va? ¿Qué haces en Connecticut?
Antes de que Decker pudiera contestar, entró en la sala otra persona que se dirigió a ellos con una exclamación.
– ¡Harry Goodman! ¿Dónde te metiste anoche? Te llamé a la habitación con la idea de que cenáramos juntos.
En lugar de contestar, Goodman procedió a hacer las presentaciones pertinentes.
– Profesor Don Stanley, permíteme que te presente a Decker Hawthorne, uno de mis antiguos estudiantes y asistente de laboratorio en la Universidad de Tennessee, en Knoxville.
El profesor Stanley apretó la mano de Decker, le inspeccionó rápidamente y se giró de nuevo hacia Goodman.
– Así que Hawthorne debe de ser el ayudante de investigación al que he oído has conseguido engañar para que eche una mano. Qué desperdicio -añadió Stanley haciendo una pausa y volviéndose para mirar a Decker-, me has parecido demasiado inteligente para eso.
– Lo es -contestó Goodman-, y por desgracia, parece que también lo es el joven al que te refieres.
