
– Felicitaciones por lo de las Falkland -dijo, y desapareció por la escalera.
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Mientras atravesaba la explanada, el cónsul reconoció el Lancia de la embajada italiana que se había detenido frente a la entrada del palacio. Estuvo a punto de acercarse, pero advirtió que el commendatore Tacchi le suplicaba con un gesto que no lo hiciera. Se quedó un momento parado sin saber qué hacer y vio llegar, encolumnados, los autos de todos los diplomáticos occidentales. Una jirafa cruzó por el jardín y fue a perderse en el bosque. Sobre las flores volaban tábanos gordos como corchos. Recordó que la escarapela argentina había quedado en el fondo de un canasto de papeles y volvió sobre sus pasos. Los embajadores rodeaban a Mister Burnett, que fumaba una pipa y hablaba sin parar. La guardia del palacio presentaba armas mientras dos ordenanzas extendían un toldo sobre las cabezas de los blancos. Bertoldi se deslizó sigilosamente por entre las columnas y llegó al hall mientras los otros subían por la escalera principal. A la derecha, frente al óleo con la imagen del Emperador, reconoció la oficina donde le habían quitado la escarapela. Entornó la puerta, miró hacia afuera, y se arrodilló a remover papeles y colillas hasta que encontró la cinta celeste y blanca. La sopló para quitarle la ceniza y volvióa prendérsela en la solapa.
Cuando se puso de pie y se vio en el vidrio de la puerta, se dijo que era el único argentino en ese lejano rincón del mundo y por lo tanto el honor y la dignidad dela patria en guerra dependían enteramente de él. Salió de la oficina erguido, sudando, con la garganta seca, pero colmado de orgullo. Los embajadores ya no estaban a la vista, de modo que bajó por la escalera principal y sintió, sin necesidad de mirarlos, que los guardias levantaban las bayonetas para saludarlo.
