Cruzó un jardín adornado por estatuas copiadas de Buckingham y enfiló por la ruta desierta. El asfalto se estaba derritiendo, pero el cónsul sabía que era peligroso salir a la banquina a causa de las serpientes.

Estaba llegando a una curva, cuando en la ruta apareció Un camión de la municipalidad. Era un Chevrolet 47 azul Con un solo guardabarros y la cabina llena de parches. Bertoldi se dio vuelta, agitó los brazos y se quedó en medio del camino esperando que se detuviera. El chofer, vestido con una remera de Camel, miró al blanco con curiosidad y le hizo señas de que subiera atrás. Bertoldi dudó un momento y corrió a trepar por la baranda. En la caja iban cuatro peones mugrientos, cubiertos con sombreros de paja. Uno, al que le faltaba una oreja, lo ayudó a subir tomándolo de un brazo. El cónsul fue a apoyarse sobre una pila de caños de cemento y se limpióla cara. Los negros lo observaban en silencio; el más jovenle alcanzó una botella de agua y le indicó un cajón donde sentarse.

– Coche roto -dijo el que tenía una sola oreja.

– No -Bertoldi movió la cabeza-. Guerra.

– ¿Guerra? ¿Otra vez?-. Los peones se miraron entre ellos, inquietos.

– No, no aquí. Guerra mía -se tocó la escarapela y sonrió al escucharse hablar-. Argentina invadió Malvinas.

Los negros volvieron a mirarse sin entender. El cónsul tomó un trago y dejó que el agua le mojara la cara.

– Yo, argentino. Sudamérica. Británicos rendirse. Islas ahora nuestras.

– ¿Sudamérica invadir islas británicas? -los ojos del que tenía una sola oreja parecían a punto de reventar.

– Ingleses huir -asintió Bertoldi.

El peón que hablaba inglés vaciló un momento mientras sus compañeros seguían expectantes cada uno de sus gestos.



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