Al cabo de un momento se dio vuelta y empezó a traducir atropelladamente. Los otros lo interrumpieron, varias veces, pero él siguió su relato acompañándolo con ademanes, ruidos e imprecaciones al cielo. Uno de los que escuchaban levantó la pala y la descargó varias veces sobre el techo de la cabina. El camión frenó, sacó dos ruedas del camino y se detuvo en medio de una polvareda. El conductor saltó al asfalto poniéndose el sombrero. El de una sola oreja le habló en su lengua mientras señalaba al cónsul, que se había puesto de pie.

– ¿Inglaterra rendirse?

Bertoldi asintió con un gesto solemne.

Los que estaban en la caja empezaron a discutir entre ellos. El que tenía una oreja de menos se acercó al cónsul yle puso una mano sobre el hombro.

– ¡Festejar! -dijo, ehizo el gesto de empinar el codo. El chofer, cada vez más excitado, fue hasta la cabina y volvió con la manija del arranque, Bertoldi creyó oportuno señalar que estaba sin un centavo.

– No plata -dijo y tiró hacia afuera los bolsillos del pantalón. Los nativos interrumpieron la charla y lo miraron con desconfianza. Abajo, el chofer daba golpes de manija sin obtener más que un breve carraspeo del motor.

– ¿No festejar? -se indignó el más joven.

El cónsul se dio cuenta de que le sería difícil explicar su situación. Levantó la vista y encontró las miradas atónitas de los peones.

– No plata -repitió y volvió a sentarse- ingleses robar todo. Hubo un instante de silencio hasta que el de la oreja se puso de cuclillas frente al cónsul.

– Firma -dijo, comprensivo-. Paga mañana.

Bertoldi lo miró a los ojos y vio el destello de una sonrisa. Asintió sin pensarlo, como para sacarse el problema de encima. Los negros se pusieron contentos de golpe y empezaron a dar burras a la Argentina, y el cónsul tuvo que levantarse a estrecharles la mano por segunda vez.

El chofer dejó la manija en la cabina y les hizo señal para que bajaran a empujar.



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