Bertoldi se incorporó a desgano, pasó una pierna sobre la baranda y echó una mirada al paisaje de un verde intenso, enceguecedor. El chofer dio la orden desde la cabina y todos empujaron al mismo tiempo. El Chevrolet se movió y tomó la bajada. Cuando por fin arrancó con una humareda, el cónsul vio aparecer en la ruta, silencioso como una gacela, el Rolls Royce Silver Shadow de la embajada británica. Desde la banquina notó que Mister Burnett se volvía para mirarlo mientras encendía la pipa. "Ojalá no se lo cuente a Daisy" pensó, y subió al camión.

5

Poco antes del mediodía, cuando bajó a desayunar, Lauri encontró el telegrama que esperaba desde hacía una semana. Tomó un café de pie y cruzó la plaza del ajedrez en dirección a la prefectura. Espero en un largo banco de madera entre árabes, africanos y vietnamitas, hasta que oyó su nombre por el parlante. En un mostrador de informaciones le indicaron que el comisario estaba esperándolo.

El comisario era una mujer de unos cuarenta años, pálida, carnosa, con el pelo suelto. A su espalda había una reproducción del Guernica iluminada por un pequeño spot. El argentino le dio la mano y se sentó al otro lado del escritorio.

– Las noticias no son buenas, señor Lauri. El resultado del interrogatorio fue considerado negativo.

Abrió la carpeta y recorrió algunas páginas.

– A la pregunta de si militaba en un partido político usted contesta que no. En el renglón siguiente dice haber participado en huelgas y manifestaciones, pero niega haber llevado armas o asaltado cuarteles. Se le pregunta si ha incendiado automóviles y dice que no, aunque reconoce haber arrojado piedras contra la policía. Eso es lo que dice usted a la comisión.

– Sí, señora.

Pues bien, el gobierno concluye que si en su país hay huelgas y manifestaciones en las que usted participó sin necesidad de ir armado, eso prueba que la persecución política es inexistente o casi. Por otra parte en la Argentina hay demostraciones a favor del gobierno.



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