
El cónsul se acercó a un grifo para refrescarse la cara. Los nativos pasaron a su lado cargando el féretro; algunos lloraban, y otros cantaban una tonada pegadiza. Bertoldi empezó a caminar hacia el centro, pero estaba demasiado abatido, y casi sin darse cuenta se subió a un ómnibus que repechaba la cuesta a paso de hombre.
Preguntó el precio del boleto y se corrió hacia el fondo, entre las cajas de bananas y las jaulas de los pájaros. Los negros lo miraban con curiosidad, y el cónsul temió que su presencia allí fuera tomada como una provocación. Nadie, aparte de él, llevaba pantalones largos ni usaba reloj pulsera. Cuando bajó en la plaza del mercado fue a sacar el pañuelo y se dio cuenta de que le habían robado la billetera con los documentos y la poca plata que le quedaba. Miró a su alrededor y vio a los vendedores que mojaban las verduras con una manguera. De pronto, en medio de esa multitud de rotosos, sintió, como nunca desde la muerte de Estela, una incontenible necesidad de llorar.
Cruzó la plaza abriéndose paso entre la gente, protegiéndose los bolsillos vacíos, y se acercó a las letrinas de madera que los ingleses habían construido en la época de la colonia. No encontró ninguna que pudiera cerrarse por dentro y entró en la última, frente a la estatua del Emperador. Se sentó sobre las tablas mugrientas, entre un enjambre de moscas, y dejó que las primeras lágrimas le corrieran por la cara. De pronto tuvo como un acceso de tos, una descarga de algo que llevaba adentro como un lastre. Pensó en sus cincuenta años cumplidos en ese miserable rincón del mundo, dejado de la mano de Dios, y se sumergió en un sentimiento de compasión e impotencia.
