Se apretó la cara con las manos y se dobló hasta triturarse la barriga mientras imaginaba que nunca más podría reunirse con Daisy en la caballeriza de los australianos. Alguien empujó la puerta, y el cónsul tuvo que levantar un pie para trabarla mientras murmuraba un implorante "ocupado". Entre sus zapatos flotaban cáscaras de naranjas y papeles deshechos. Buscó el paquete de cigarrillos y contó los que le quedaban. Sacó uno y guardó los otros tres para la noche. El humo lo hizo sentirse mejor. De sus ojos caían todavía unos lagrimones espesos que le resbalaban por la cara. Las paredes de madera estaban llenas de dibujos obscenos e insultos contra los ingleses plagados de faltas de ortografía. También había largas frases en bongwutsi que no pudo descifrar. En todos- esos años sólo había aprendido a pronunciar algunas fórmulas de cortesía y los nombres de las cosas que compraba todos los días.

Cuando la brasa del cigarrillo llegó al filtro, se limpió los ojos y volvió a la plaza. Cruzó la calle y buscó la delgada línea de sombra. La plaza empezaba a vaciarse. Caminó lentamente mientras las campanas de una iglesia sonaban a intervalos largos. Atravesó el bulevar de las embajadas, adornado de flores y palmeras, y advirtió que en la otra esquina dos guardias ingleses estaban armando una garita a un costado de la calle. Frente a la embajada de Pakistán había un Cadillac negro, y el cónsul se agachó para mirarse en el espejo. Tenía unas ojeras profundas y la nariz enrojecida, y trató de sonreír para ablandar los músculos. Estuvo haciendo morisquetas con los labios hasta que el vidrio de la ventanilla empezó a bajarse y una voz de mujer le preguntó si necesitaba algo. El cónsul se quitó mecánicamente el sombrero y retrocedió sin contestar.

Iba a tomar por la calle lateral cuando vio el Lancia del commendatore Tacchi frente al garaje de la embajada. Bertoldi pensó que el italiano podía sacarlo del apuro con diez o veinte libras y se acomodó el pelo antes de ir a tocar el timbre. Un negro de chaqueta colorada abrió la puerta y le dijo que Tacchi había ido a una reunión con los demás diplomáticos en la residencia de Gran Bretaña.



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