
Cuando la brasa del cigarrillo llegó al filtro, se limpió los ojos y volvió a la plaza. Cruzó la calle y buscó la delgada línea de sombra. La plaza empezaba a vaciarse. Caminó lentamente mientras las campanas de una iglesia sonaban a intervalos largos. Atravesó el bulevar de las embajadas, adornado de flores y palmeras, y advirtió que en la otra esquina dos guardias ingleses estaban armando una garita a un costado de la calle. Frente a la embajada de Pakistán había un Cadillac negro, y el cónsul se agachó para mirarse en el espejo. Tenía unas ojeras profundas y la nariz enrojecida, y trató de sonreír para ablandar los músculos. Estuvo haciendo morisquetas con los labios hasta que el vidrio de la ventanilla empezó a bajarse y una voz de mujer le preguntó si necesitaba algo. El cónsul se quitó mecánicamente el sombrero y retrocedió sin contestar.
Iba a tomar por la calle lateral cuando vio el Lancia del commendatore Tacchi frente al garaje de la embajada. Bertoldi pensó que el italiano podía sacarlo del apuro con diez o veinte libras y se acomodó el pelo antes de ir a tocar el timbre. Un negro de chaqueta colorada abrió la puerta y le dijo que Tacchi había ido a una reunión con los demás diplomáticos en la residencia de Gran Bretaña.
