
En la rotonda donde estaba la barrera, la banda escocesa tocó It's a long way to tipperary y luego, ante una señal del embajador, se lanzó con The British Grénadiers. Los nativos que se reunieron en las veredas aplaudieron la exhibición y aprovecharon que los ingleses habían cerrado el tránsito para seguir la fiesta con sus propios instrumentos.
Durante el recorrido, la banda escocesa repitió Tippérary en seis puntos que el inglés consideraba estratégicos: tres avenidas por las que se accedía al centro de la ciudad, la torre de abastecimiento de agua, el monumento al duque de Wellington y la caballeriza abandonada por los australianos.
Cada embajador iba acompañado por un sirviente que sostenía una sombrilla y otro que cargaba una conservadora con hielo, whisky y refrescos. A la sombra de la caballeriza, recostados sobre el heno, los embajadores bebieron un aperitivo y evaluaron las informaciones que habían recibido de sus respectivas capitales. Exponía, Herr Hoffmann cuando Mister Burnett, que removía distraídamente la hierba con la punta del zapato, vio algo que lo dejó anonadado. Allí, perdido entre la paja seca del establo, reconoció el prendedor de diamantes que le había regalado a Daisy para festejar e! primer aniversario de bodas.
Las piedras preciosas brillaban, tocadas por el sol que se filtraba entre las tablas resecas; Mister Burnett disimuló su desazón y dejó que el alemán terminara el análisis del conflicto sin siquiera sacarse la pipa de la boca. Luego se levantó y sugirió regresar inmediatamente al bulevar para comunicarse con Europa.
