
Ni bien salieron de la caballeriza, los negros corrieron hacia ellos con las sombrillas. Los músicos, que descansaban entre el follaje, se pusieron de pie y esperaron órdenes. Mister Burnett se disculpó y regresó al galpón como si hubiera olvidado algo. Una vez a solas recogió el prendedor y se sacudió la paja que se le había pegado al pantalón. Una luz roja reverberaba sobre la hierba y teñía el carro abandonado en el fondo del establo. Después, mientras iba hacia la residencia con la cabeza gacha -que los otros atribuyeron a la preocupación patriótica-, Mister Burnett recordó que Daisy culpaba de las picaduras que tenía en el cuerpo a las caminatas del atardecer y a los baños de sol al borde de la piscina. El commendatore Tacchi, que caminaba un paso más atrás, lo arrancó de sus pensamientos tomándolo de un brazo.
– Cuídense, Mister Burnett, los argentinos son medio italianos y van a pelear hasta que caiga el último hombre.
Con un gesto de disgusto, el inglés miró la mano que le palmeaba el hombro y se preguntó si no sería la misma que acariciaba a escondidas a la mujer con la que había vivido feliz durante más de veinte años.
Daisy amaba la literatura y nadie, entre los blancos, compartía su interés. Cada vez que el Times comentaba un libro que le interesaba, anotaba el título y le pedía a Mister Burnett que se lo hiciera enviar por valija diplomática.
La primera vez que vio a Bertoldi y su mujer, en la embajada de sudáfrica, les habló de Borges por pura cortesía y se sorprendió cuando Estela se puso a recitar en castellano un poema que ella había leído muchas veces en inglés. La segunda vez, en la residencia del commendatore Tacchi, Daisy evocó Emma Zunz y el cónsul le recomendó La intrusa, que había hojeado en la revista de cabina de Aerolíneas Argentinas.
