Entonces empezaron a verse más seguido. Estela mostraba ya las señales de su enfermedad y su cara bondadosa parecía estar despidiéndose del mundo con resignación. Las dos hablaron de Eva Perón, porque la señora Burnett había visto la ópera en Londres, y desde entonces Daisy se las arreglaba para que los otros embajadores pasaran por alto el protocolo que excluía al cónsul de las recepciones por insuficiencia de rango. A veces, por las tardes, invitaba a los Bertoldi a tomar el té en su biblioteca, y cuando Estela cayó enferma se acercaba al consulado para hacerle compañía.

Después de la muerte de su amiga, la señora Burnett siguió invitando al cónsul a la hora del té, pero su marido aprovechaba para llevárselo al atelier donde construía las cometas y un día lo hizo correr por todo el bulevar arrastrando una estrella de cinco puntas. Al cónsul no se le ocurrió pensar que en Bongwutsi no había viento suficiente para remontar barriletes y Mister Burnett y los ordenanzas estuvieron una tarde entera riéndose de él. Daisy se sintió avergonzada por la crueldad de su marido yla ingenuidad de su amigo, a quien creía un intelectual, y cuando se quedaron a solas le puso entre las manos un volumen en cuero del Tristram Shandy. Súbitamente, el cónsul le dijo que no volvería a visitarla porque estaba enamorándose de ella y la besó dulcemente, de pie, con el sombrero colgando de una mano.

Desde entonces empezaron a encontrarse los viernes en el cementerio. Daisy llegaba un poco más temprano, dejaba una rosa en la tumba de Estela y luego caminaba hasta el panteón de los ingleses. Fingían encontrarse al azar y conversaban paseando entre los sepulcros de los héroes de la colonia. Allí arreglaban las citas nocturnas a orillas del lago y los encuentros en la caballeriza de los australianos. Desde entonces, el cónsul le escribía una carta por semana con la ayuda de un diccionario, describiendo las caricias y las ternuras que le prodigaría en el próximo encuentro.



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