Convencida de que sus sueños se estaban evaporando con el calor del país y la indiferencia de su marido, Daisy se dejaba llevar por el entusiasmo con que Bertoldi buscaba insuflar aliento a su endurecido corazón. Los arrebatos sobre la hierba le hacían olvidar, aunque más no fuese por unas horas, que iba a cumplir cuarenta y cinco años y que ya no tenía las exultantes ilusiones del tiempo de los Beatles.

Precisamente de eso estaba hablándole a Bertoldi la noche en que extravió el prendedor. Ganada por la nostalgia, recordaba sus escapadas adolescentes a los conciertos de Liverpool y, como cerraba los ojos y el cónsul le besaba los pechos, no advirtió que el broche de diamantes caía entre el pasto, junto a la linterna que despedía una luz temblorosa.

8

Fueron caminando en silencio por la orilla del lago hasta que llegaron a una cervecería con mesas en el jardín. Quomo indicó un lugar bajo la pérgola y se sentó con cautela, como si la silla estuviera ocupada. 1,

– Aquí se encontraban Lenin y Trotsky -dijo, y pidió dos cervezas-.-En ese tiempo éste era un país hospitalario.

– ¿No los obligaban a contar historias?

– Eran blancos… Los negros tenemos que contar cosas de negros.

– ¿Y se las creen?

– Depende. Ayer conseguí colocar a Amos Tutuola, el mecánico del Emperador.

– ¿Hay un Emperador en Bongwutsi?

– Un patán que dejaron los ingleses. El mecánico éste, ni bien supo que el Emperador salía de paseo, le dio una serruchada a la dirección del Bentley, pero con tanta mala suerte que la barra se rompió antes dé entrar en el camino de cornisa… El infeliz tuvo que esconderse en la selva y anduvo caminando sin rumbo seis semanas hasta que llegó a la frontera. Trabajó ocho meses en Tanzania, pero al fin una patrulla lo agarró sin documentos y lo mandó al frente de Ougabutu.



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