
El cónsul se alejó preguntándose por qué diablos los embajadores habían decidido reunirse un viernes. Cuando se trataba de un golpe de Estado, Mister Burnett convocaba a sus aliados a evaluar la situación en su casa, pero jamás lo había hecho a la hora del almuerzo. Esa mañana Bertoldi no había percibido clima de agitación, de manera que decidió volver a su casa y prepararse algo de comer mientras esperaba el regreso del commendatore Tacchi.
Entró en una calle angosta, de chalés y baldíos abiertos. En la segunda esquina estaba el consulado argentino. Durante años Estela se había ocupado del jardín, pero ahora las plantas estaban marchitas y los yuyos empezaban a cubrirlo todo. El sendero de lajas que llevaba hasta el mástil estaba desapareciendo y todas las mañanas Bertoldi se abría paso entre la maleza para izar la única bandera que tenía.
Empujó con una rodilla la puerta de la cerca y recogió la edición internacional de Clarín que asomaba por la ranura del buzón. El diario era la única correspondencia que recibía de Buenos Aires y llegaba a nombre de Santiago Acosta, el anterior cónsul. En esas pocas páginas, Bertoldi trataba de adivinar cómo habría sido su vida en esos años si se hubiera quedado en una oficina de la cancillería. Encendió la radio y se tranquilizó al oír que la música era la misma de siempre. Se quitó la ropa, se puso a calentar unos fideos y desplegó el diario sobre la mesa. Otro empate de Boca. Se detuvo un momento en el resumen del partido. Los jugadores habían ido cambiando en esos años hasta que las formaciones de los equipos se volvieron conglomerados de nombres sin sentido, onomatopeyas a las que el cónsul daba vida con su imaginación. Abrió la heladera y se dio cuenta de que se había quedado sin manteca. Contó los días que le faltaban para cobrar el sueldo y se preparó los tallarines con tomate y una gota de aceite mientras la radio transmitía el oficio religioso del mediodía.
