Almorzó desnudo, hojeando el diario sin poder concentrarse. ¿No sería que los servicios de inteligencia británicos habían descubierto su relación con Daisy?, pensó. Tal vez había caído en sus manos alguna de las cartas que le escribía por las noches, a la luz de una vela, esperando el encuentro de los viernes en el cementerio. Pero ¿qué importancia tenía ahora saber de qué manera se había enterado Mister Burnett? Lo cierto era que Daisy estaba bajo custodia y no podría volver a verla sin afrontar el despecho y los celos del marido.

Cuando terminó de comer lavó el plato y la cacerola, encendió un cigarrillo y fue a la oficina a buscar un pasaporte en blanco. En el armario, bajo una montaña de papeles, encontró una almohadilla reseca y un bloc de formularios. Los llevó al escritorio, apartó el calentador para el mate, y se secó el sudor del cuello con una toalla. Iba a extender la primera renovación de pasaporte desde su llegada a Bongwutsi. Escribió cuidadosamente sus datos, puso los sellos, e imitó la enrevesada firma de Santiago Acosta. Después frotó el pulgar en la almohadilla y lo apoyó en el lugar indicado en el documento. Cuando terminó se dio cuenta de que le hacían falta cuatro fotos tres cuartos perfil, fondo blanco. Se dijo que al caer la tarde iría al centro a retratarse y de vuelta pasaría otra vez por la embajada italiana.

Apagó la radio y se tendió en el sofá. Sobre la pared, encima del armario, vio al grillo que lo despertaba por las noches. En un ángulo del techo había una telaraña ennegrecida por el polvo y el humo del tabaco. Bertoldi sabía que, tarde o temprano, el grillo caería en la trampa.

Estaba empezando a dormirse cuando sonó el timbre. Se levantó, extrañado, y fue a buscar la salida de baño. En la puerta, tieso como un espárrago, encontró a un oficial inglés flanqueado por dos reclutas. Bertoldi siempre se preguntaba cómo hacían para no transpirar los uniformes.



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