– Parte para elseñor embajador de la República Argentina -dijo el militar-. Era un pelirrojo petiso, de lentes cuadrados.

– No hay embajador. Salga del sol, hombre.

El oficial le extendió un sobre cuadrado, igual a los que le traían los ordenanzas con las invitaciones a los cócteles y a los agasajos. Sin esperar respuesta, los ingleses saludaron y se fueron caminando por el medio de la calle. El cónsul los siguió con la mirada y tuvo la sensación de que esta vez no se trataba de una invitación. Volvió a la oficina, buscó un cortaplumas y abrió el sobre.


AL SEÑOR CÓNSUL DE LA REPÚBLICA ARGENTINA

EN BONGWUTSI


Ante la salvaje agresión sufrida por la Corona británica, Mister Alfred Burnett hace saber al señor representante de la República Argentina en Bongwutsi que el Reino Unido se dispone a defender por todos los medios lo que por legítimo derecho le pertenece. El honor y la virtud de la Corona serán preservados. El señor Cónsul de la República Argentina deberá abstenerse en el futuro de todo acto que pudiera ser considerado sospechoso, pérfido o agresivo. Mr. Burnett ha ordenado a las tropas de Su Majestad que establezcan una zona de exclusión de 200 metros en torno de la embajada de Gran Bretaña. Dentro de ese perímetro, todo súbdito argentino será declarado persona no grata y tratado en consecuencia.


DIOS SALVE A LA REINA


Mr. Alfred Burnett, embajador de Gran Bretaña


El cónsul se quedó un rato inmóvil, con la mirada fija en el papel. El era el único argentino conocido en cinco mil kilómetros a la redonda. Bruscamente se dio cuenta de que Mister Burnett no volvería a llamar al Chase Manhattan Bank para autorizar el pago de su sueldo que llegaba todavía a nombre de Santiago Acosta.



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