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Fue hasta el sofá y se dejó caer, abatido, entre los almohadones deshechos. Mientras Estela estaba a su lado, aún tenía esperanza de escapar vivo de allí, pero cuando ella cayó enferma y la cancillería no respondió al telegrama que imploraba la repatriación se dio cuenta de que no podría salir de ese lugar porque ni siquiera tenía un amigo y su existencia no contaba para nadie. Las veces que intentó llamar por teléfono en cobro revertido el operador le respondió que ese número ya no correspondía al Ministerio de Relaciones Exteriores.
Desde que empezó a encontrarse con Daisy en la caballeriza, pensó que al menos alguien contaba los días esperándolo, que era algo más que un funcionario improvisado e inútil de un país que nadie conocía. Pero ahora los servicios de inteligencia lo habían arruinado todo y Mister Burnett parecía decidido a convertir su desengaño matrimonial en una cuestión de Estado. Bertoldi se dijo que nunca terminaría de entender la mentalidad británica.
Fue albaño, dejó la carta sobre el lavatorio, y abrió la ducha. Las hormigas habían hecho un agujero en la pared, junto a la bañadera, y formaban una larga fila que bordeaba los zócalos hasta el aparador de la cocina. Había probado todos los insecticidas, incluso uno inglés que Daisy le había llevado una noche a la caballeriza, pero no lograba detenerlas. Iba a meterse bajo el agua cuando oyó que golpeaban de nuevo a la puerta. Por un momento creyó que sería Mister Burnett en persona, pero por la ventana vio a tres negros con el uniforme de la guardia del Emperador y se tranquilizó.
– El embajador de la República Argentina-. El que hablaba leía de reojo un apunte escrito en la palma de la mano.
– Cónsul. A sus órdenes.
– Mister Bertoldi, Fa-us-tino -le costaba pronunciarlo.
