– Servidor, oficial.

– Su Majestad está esperándolo.

El cónsul sintió que se le aceleraba el ritmo del corazón y se quedó como petrificado con una mano en elpicaporte. Luego fue al dormitorio, a vestirse y advirtió que temblaba. Se preguntó hasta dónde llegaría Mister Burnett y por qué había decidido llevar el asunto ante el gobierno. Mientras se ponía el traje miró a los hombres a través de la puerta entreabierta. El que había hablado estaba parado frente al mapa de la República. Otro observaba de cerca el retrato de Gardel y el tercero montaba guardia en la puerta. Bertoldi limpió los zapatos con una punta de la colcha y volvió a su despacho.

– Su presidente se metió en un lío -dijo el oficial señalando a Gardel.

El cónsul asintió con una sonrisa mientras se colocaba una escarapela en la solapa.

– A su disposición -dijo, y salió sin echar llave.

Viajaron en silencio. El Buick con la bandera de Bongwutsi trepaba por las colinas mientras el chofer discutía con alguien por un walkie-takie. El cónsul, apretado entre dos soldados, buscó comprender la situación, imaginar qué podía haber llevado a Mister Burnett a recurrir al propio Emperador. Trató de ponerse en su lugar, pero enseguida se dijo que Estela nunca se habría entregado a otro hombre y desistió de la comparación. Tal vez, pensó, el inglés sólo buscaba un buen motivo para obtener el divorcio, o para que la prensa de Londres hablara de él. Se dió cuenta de que el aire acondicionado le permitía razonar con más claridad y atribuyó su dificultad para ordenar las ideas a que el aparato del consulado estuviera descompuesto desde hacía más de un año.

El auto se detuvo frente a una gigantesca escalinata. Un soldado de pantalón sobre la rodilla saludó a desgano y abrió la puerta de un tirón.

El Primer Ministro esperaba en la galería, sobre la alfombra verde y amarilla. Mientras le estrechaba la laño, Bertoldi creyó verle un reproche en la mirada.



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