– ¿Qué quieres? -preguntó ella sin acercarse.

Tenía razones para ser cautelosa. Un día la había acusado de ser una espía y, al día siguiente, de ser una gamberra. ¿Quién sabía lo que podía salir de la boca de ese hombre en aquel momento?

– Tenemos que hablar -respondió Trent-. Por favor, dame una oportunidad.

Como ella continuó estudiándolo en silencio, él dio un paso hacia ella.

Ella dio un paso atrás.

Él se quedó inmóvil.

– Quiero compensarte por lo de ayer -dijo, y sonrió-.Te he traído un regalo.

Oh, no. Aquella sonrisa encantadora asustó mucho a Rebecca, porque con tan pequeño esfuerzo la estaba afectando, estaba consiguiendo derretir su frío recelo hacia él.

Así pues, Rebecca lo miró con cara de pocos amigos.

– ¿Un regalo?

Se recordó a sí misma que a los hombres ricos les resultaba fácil hacer regalos. Su ex marido también hacía muchos regalos. Los que había cargado a las tarjetas de crédito de cuentas comunes eran los que la habían avisado de que la estaba engañando, porque aquellos regalitos tan glamurosos nunca habían ido a parar a ella.

– ¿Qué regalo?

Trent se volvió a medias y arrastró algo que había en el porche y que ella no había visto.

– Cajas -le dijo él-. Había una pila de ellas en la basura hoy, y cuando salía de la oficina me he acordado de ti.

Le había llevado cajas.

Por supuesto, la única razón por la que aquello estaba haciendo que todas las defensas de Rebecca se derrumbaran era que se había pasado una hora después de su turno de trabajo con Merry, la niña asmática a la que le había prometido la cabaña. Aquellas cajas significaban que al día siguiente podría darle a la pequeña un informe sobre los avances del proyecto.



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