
Con aquello en mente, se acercó apresuradamente a Trent. Le había llevado seis cajas. Seis cajas plegadas, extra grandes, del tamaño ideal para construir aquella cabaña.
– Gracias -dijo ella, pensando de nuevo en Merry. Rebecca se sacó las llaves del bolso mientras respiraba profundamente-. Está bien, puedes pasar -le dijo. Sin embargo, iba a mantenerse en guardia.
Trent entró tras ella al pequeño salón de su casa. Mientras Rebecca colgaba el bolso en la percha del vestíbulo, vio cómo él recorría lentamente con la vista lo que lo rodeaba. Una fina alfombra oriental sobre el suelo, limpio pero rayado. Un sofá cubierto con una colcha que había comprado en un mercadillo, unas cortinas que ella misma había confeccionado con la ayuda de una máquina de coser y unas estanterías típicas de piso de estudiante o de mujeres que estaban recomponiendo sus vidas después de un matrimonio fracasado.
Mientras ella se volvía hacia Trent, pensó que para él sería una casa demasiado modesta. Él volvió la vista hacia la entrada que llevaba a la cocina y después la miró a la cara.
– Agradable -le dijo-.Acogedor.
Ja. Más bien, feo. Pero no había ni rastro de malicia ni de desprecio en sus ojos al decirlo, y Rebecca notó que la grieta que había en el hielo se agrandaba más y más.
– Bueno, pasa a la cocina -le dijo. No era mejor que el resto de la casa-. ¿Te apetece tomar un poco de té frío?
Él respondió que sí y se sentó en una silla junto a la mesa diminuta.
– ¿Es té verde?
– Sí, y sin teína. ¿Te parece bien?
Él asintió sin mirarla.
– Perfecto.
Ella sirvió dos vasos y se sentó, fatigada. Durante las últimas noches no había dormido apenas, y aquel turno tan largo que había tenido en el hospital le pesaba sobre los hombros. Alzó el vaso de té e intentó disimular un bostezo.
Sin embargo, él debía de tener un oído excelente.
