
– ¿Ocurre algo? -le preguntó.
Ella intentó responder.
– No, nada. Nada más que un día muy largo, el embarazo y un hombre extraño en mi cocina.
– ¿Has comido algo?
– Sí, en algún momento del día… A la hora de comer.
Él se levantó y comenzó a rebuscar en los armarios antes de que Rebecca pudiera reaccionar.
– Tienes que comer.
– Espera, no…
– No te levantes -dijo Trent-. Soy soltero. Puedo preparar algo parecido a una comida si es necesario.
Rebecca se quedó tan sorprendida que no pudo moverse del asiento. En silencio, observó cómo él le ponía delante un plato con rebanadas de pan tostado, queso y pedazos de manzana.
Después, Trent se sentó.
– Ahora, a comer. ¿Estás tomando vitaminas prenatales?
Ella se quedó boquiabierta.
– Eh… sí. ¿Cómo sabes…?
– Tengo dos hermanas. Una acaba de tener un niño y la otra está embarazada -dijo-. Al principio, Ivy se mareaba con las vitaminas a no ser que las tomara con pan. Y Katie tenía que tomarlas con espaguetis con mantequilla fríos.
– Yo no me mareo -murmuró Rebecca.
Para su contrariedad, se sentía… intrigada. Casi encantada. ¿Quién hubiera pensado que aquel hombre de negocios tan importante pudiera saber los detalles de los embarazos de sus hermanas?
– Tienes… eh… muy buena educación.
Él se encogió de hombros.
– Lo que ocurre es que estoy bien informado. Soy el mayor de mis hermanos. Crecí limpiándoles la nariz y administrándoles aspirina infantil. Supongo que los más pequeños siguen acudiendo a mí cuando no se encuentran bien.
– Yo también soy la mayor -dijo ella.
Sin embargo, aunque sus hermanos la admiraban como hermana mayor, acudían a papá y mamá cuando estaban enfermos.
– Come -insistió él.
– Está bien, está bien -le dijo ella.
El primer bocado le supo a gloria, pero se sentía cada vez más cansada. Cada vez que masticaba tenía que invertir más energía.
