
Era un hombre impresionante, rubio y de ojos marrones. Tenía los rasgos marcados, era delgado y tenía una belleza masculina y una actitud que irradiaba poder y riqueza. No podía ser el padre de su hijo, no, porque aquellas cosas estaban contra la ley del universo. Ellos eran de dos mundos muy distintos. La última vez que ella había intentado saltar aquella diferencia, se había visto hundida en la humillación y el dolor.
– Una cabaña de juguete -repitió él con frialdad.
Rebecca asintió, avergonzada por su aspecto y la situación en la que se encontraba.
– Tendrás que inventar algo mejor que eso. Una cabaña de juguete puedes comprarla en una juguetería, no necesitas venir a buscarla a la basura, cariño. Ya sé lo que estás buscando en realidad.
– ¿Eh?
– Nuestra historia, la historia pasada y muy reciente, ha hecho que seamos muy cuidadosos. Y despiadados. No vas a encontrar secretos de mi empresa en la basura, pero aun así, nosotros llevamos a los tribunales a los espías industriales, aunque sean tan adorables como tú.
– ¿Qué?
Él sonrió con frialdad, mostrándole una dentadura perfecta y blanca, y ella se estremeció.
– Y si no sales de mi propiedad en treinta segundos, llamaré a seguridad.
Ella no necesitó ni siquiera diez segundos para salir del aparcamiento. Con una mirada al espejo retrovisor, se dio cuenta de que él la estaba observando alejarse con los brazos cruzados y un gesto de satisfacción.
– Créeme, Eisenhower, este hombre no puede ser tu padre -dijo Rebecca.
Porque el calor de la humillación que tenía en las mejillas le decía que Trent Crosby era de otro mundo. Del planeta de los idiotas.
A las cuatro de la tarde del día siguiente, Trent Crosby salió de la sala de juntas de Crosby Systems, pensando en todos los detalles del nuevo contrato que había conseguido aquella tarde. Decidió que escribiría un memorándum para el departamento de Investigación y Desarrollo antes de marcharse. Entre el memorándum y los informes para estudiar que tenía en su escritorio, estaría en la oficina hasta más de las doce de la noche. Y aquel pensamiento casi hizo que se sintiera feliz.
