Estaba mucho más cómodo en Crosby Systems que en aquella morgue a la que llamaba su casa.

A medio camino hacia su despacho, su ayudante se acercó sigilosamente a él y le quitó la taza de café que llevaba en la mano.

– No, no. ¿No te acuerdas de lo mandón y malhumorado que te pones cuando consumes demasiada cafeína? No podemos tener otro día de cinco cafeteras.

Ah. Una inminente escaramuza con la sargenta que regía la planta superior del edificio. Maldita sea, pensó Trent. Tomó aire y le lanzó una mirada asesina.

– No vamos a tener un día de cinco cafeteras. Lo voy a tener yo. Tú bebes ese repugnante té verde.

– Yo voy a vivir eternamente gracias a ese asqueroso té -respondió Claudine.

– Entonces, rezo por morir joven -dijo él, e intentó alcanzar la taza, pero ella la apartó con rapidez.

Podría tener mano dura con ella, pero Trent le tenía miedo al brillo decidido de sus ojos, aunque Claudine tuviera más de sesenta años. Incluso después de diez años trabajando para él, su ayudante personal no había perdido el poder de intimidarlo.

– He dicho que no hay más café -declaró Claudine-. No quiero que descargues esa vena malvada tuya con la joven tan guapa que acaba de llegar.

– ¿Vena malvada? No le eches la culpa de eso al café, vieja bruja. Es por aguantarte -le dijo, y frunció el ceño-. Espera, ¿qué joven tan guapa?

– La que está en tu despacho. Y no me preguntes lo que quiere. Dijo que era un asunto personal -le dijo Claudine, y se puso a arreglarle el nudo de la corbata.

Él le apartó las manos, preguntándose quién podía tener asuntos personales con él. Como norma, Trent Crosby no se acercaba a un nivel personal a nadie.

Su ayudante intentó de nuevo arreglarle el nudo de la corbata y, de nuevo, él se escapó.



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