– Déjame, vieja bruja. Y eso me recuerda… ¿no te ha llegado ya la edad de jubilación obligatoria?

Ella resopló.

– Yo estaré aquí, arreglando los desaguisados que tú hayas causado, cuando tú te retires. Ahora, entra en tu despacho y averigua por qué una mujer agradable iba a tener algún asunto personal con un dictador malhumorado como tú.

Él la miró con los ojos entrecerrados.

– Bruja.

Ella imitó su mirada.

– Tirano.

– Verdulera.

– Déspota.

Después, se sonrieron y marcharon en direcciones opuestas.

Trent aún estaba sonriendo cuando abrió la puerta de su despacho. Sin embargo, la sonrisa se le borró de los labios cuando vio que la joven guapa y agradable era la misma mujer de las cajas del día anterior.

– Tú -dijo.

Lo primero que dijo ella fue algo que él ya sabía.

– No soy una espía industrial.

– Ya lo sé -admitió Trent-. Cuando ibas hacia tu coche me di cuenta de que no era posible.

– ¿Y cómo lo supiste? -le preguntó ella, sorprendida.

Aquella muchacha era menuda y tenía unos enormes ojos marrones con las pestañas largas.

– Por tu uniforme. Quizá si hubiera sido de ese color verde de hospital… pero unos como los tuyos -dijo él, señalando los pantalones y la bata que llevaba Rebecca. Aquel día eran de color amarillo limón y llevaban peces bizcos estampados-. No son exactamente lo que llevaría un espía.

Ella suspiró y lo miró con expectación.

– Mira…

– Mira…

Ambos hablaron a la vez, y entonces, ella se ruborizó. Aquello distrajo la atención de Trent de los enormes ojos marrones a su piel suave y blanca. Durante un segundo, pensó en cómo sería acariciar aquella piel.

– Mira, lo siento, ¿de acuerdo? -dijo él, metiéndose las manos en los pantalones-. ¿Era eso lo que querías oír?

– ¡No! -dijo ella, y sacudió la cabeza con vehemencia-. No quiero nada de ti. Por eso estoy aquí.



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