– ¿Por qué te tomas un día por motivos personales ahora? -preguntó Nate.

Porque tenía que aclarar su mente después de haber cometido el clásico error de los nuevos en la ciudad de salir con un hombre al que había conocido en la lluvia. Al principio Rook le había parecido un apuesto burócrata de Washington, pero luego resultó ser un agente del FBI, con lo que violó también una de las reglas que había establecido para sí misma en la academia… la de no salir con agentes de la ley.

– Todavía me estoy aclimatando al calor -le contestó a Nate.

– En Georgia no tenías problemas con el calor.

El Centro de Entrenamiento de Agentes de la Ley estaba situado en Glynco, Georgia, donde hacía calor, pero Mackenzie no se dejó amilanar por Nate. No pensaba contarle nada de Rook.

– Yo no he dicho que tenga problemas.

– Anoche fuiste a una recaudación de fondos literaria.

Ella lo miró.

– ¿Cómo lo sabes?

Él se encogió de hombros.

– Me lo han dicho.

– ¿Quién? ¿Beanie?

– No. No la veo mucho.

– Me invitó ella. Quería presentarme a gente. Sólo me quedé media hora. Creo que intenta ser una amiga ahora que estoy en Washington pero que no sabe bien qué hacer conmigo.

Nate estiró sus largas piernas.

– La próxima vez dile que te invite a tarta de manzana y café -miró a Mackenzie, que empujaba la mochila con el pie contra la pared cercana a la puerta-. ¿A quién viste en la fiesta?

Ella no se esperaba esa pregunta.

– ¿Qué quieres decir? Vi a Beanie. Me presentó a algunas personas y eso fue todo.

– ¿Viste a Cal?

– Unos diez segundos. Llegó tarde y se fue pronto.

Nate se puso en pie. Parecía más asentado después de su matrimonio con Sarah Dunnemore, pero era un hombre duro, impaciente e implacable.



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