Cuando tenía siete años, antes del nacimiento de Mackenzie, sus padres se habían visto sorprendidos en la montaña, en la famosa Cold Ridge, en condiciones muy difíciles. Los dos murieron de hipotermia antes de que pudieran rescatarlos, dejando huérfanos a Nate y sus dos hermanas, Antonia de cinco años y Carine de tres. Gus, un hermano de su padre de veinte años que acababa de regresar de Vietnam, se había hecho cargo de los huérfanos.

– Creo que sería inteligente que hicieras nuevos amigos -dijo Nate.

– Cal no es un amigo. Nunca me ha caído muy bien -Mackenzie respiró hondo-. Y no sé si Beanie es una amiga en el sentido que tú dices. La he conocido toda mi vida, es una buena vecina.

– Una buena vecina en New Hampshire, no aquí. Aquí es miembro de la judicatura federal y tú eres una marshal. Hay una diferencia.

– Gracias, Nate. No se me habría ocurrido a mí sola.

– Sólo intento cuidar de ti.

Ella sabía que era cierto, pero su buen carácter se había llevado un golpe al regresar la noche anterior y escuchar el mensaje de Rook, que ni siquiera había tenido la decencia de plantarla cara a cara.

– Perdona, Mac, no podemos cenar. Nos veremos por ahí. Puede que nos encontremos en el trabajo. Buena suerte.

Rastrero. Muy rastrero.

– ¿Mackenzie?

Ella volvió al presente. Pensar en Rook no era inteligente. Se obligó a sonreír a Nate.

– Perdona. Este calor me atonta.

– Tal y como tienes el aire acondicionado, no creo que haya más de veinte grados aquí.

– Hay treinta y dos. Lo que pasa que estás acostumbrado al clima de Washington. Si tuvieras que volver a New Hampshire…

– Me compraría guantes buenos para el invierno.

Ella le sonrió.

– ¿Estás diciendo que no voy a poder con este calor?

Él no le devolvió la sonrisa.

– Sé que eres nueva en la ciudad, pero tienes que confiar en mí.



11 из 192