
– Creo que sería inteligente que hicieras nuevos amigos -dijo Nate.
– Cal no es un amigo. Nunca me ha caído muy bien -Mackenzie respiró hondo-. Y no sé si Beanie es una amiga en el sentido que tú dices. La he conocido toda mi vida, es una buena vecina.
– Una buena vecina en New Hampshire, no aquí. Aquí es miembro de la judicatura federal y tú eres una marshal. Hay una diferencia.
– Gracias, Nate. No se me habría ocurrido a mí sola.
– Sólo intento cuidar de ti.
Ella sabía que era cierto, pero su buen carácter se había llevado un golpe al regresar la noche anterior y escuchar el mensaje de Rook, que ni siquiera había tenido la decencia de plantarla cara a cara.
– Perdona, Mac, no podemos cenar. Nos veremos por ahí. Puede que nos encontremos en el trabajo. Buena suerte.
Rastrero. Muy rastrero.
– ¿Mackenzie?
Ella volvió al presente. Pensar en Rook no era inteligente. Se obligó a sonreír a Nate.
– Perdona. Este calor me atonta.
– Tal y como tienes el aire acondicionado, no creo que haya más de veinte grados aquí.
– Hay treinta y dos. Lo que pasa que estás acostumbrado al clima de Washington. Si tuvieras que volver a New Hampshire…
– Me compraría guantes buenos para el invierno.
Ella le sonrió.
– ¿Estás diciendo que no voy a poder con este calor?
Él no le devolvió la sonrisa.
– Sé que eres nueva en la ciudad, pero tienes que confiar en mí.
