
La joven seguía con el ceño fruncido, mostrando su irritación.
– ¿Seríais capaz de continuar vuestro camino y dejar a nuestro hermano de esta guisa, insepulto y sin haber recibido una bendición? -Su voz era aguda y denotaba enfado.
El hermano Taran se encogió de hombros. Estaba asustado, y eso le confería un aspecto algo ridículo. Ella se volvió hacia sus compañeros.
– Necesito un cuchillo para bajar a nuestro hermano -les dijo-. Debemos rezar por su alma y hacer que reciba cristiana sepultura.
Los otros cruzaron miradas incómodas.
– Quizás el hermano Taran tiene razón -repuso la otra compañera en tono de disculpa. Era una muchacha larguirucha, y se hallaba sentada de manera torpe en su montura-. A fin de cuentas, él conoce este país… Igual que yo. No en vano viví aquí varios años como prisionera cuando me hicieron rehén en la tierra de los cruthin. Será mejor que apretemos el paso en busca del refugio que nos ofrece la abadía de Streoneshalh. Una vez allí, informaremos a la abadesa de esta atrocidad. Sin duda ella sabrá cómo ha de actuar al respecto.
Sor Fidelma frunció los labios y suspiró contrariada.
– Al menos podríamos satisfacer las necesidades espirituales de nuestro difunto hermano, hermana Gwid -replicó tajante. Tras un momento de silencio volvió a preguntar-: ¿Ninguno de vosotros tiene un cuchillo?
Uno de sus compañeros, reticente, se acercó a ella y le tendió una pequeña daga.
Fidelma la tomó, desmontó y se dirigió a la rama donde se encontraba atado el dogal, una de las más bajas del árbol. Había levantado el cuchillo con la intención de cortarlo cuando oyó un grito estridente que le hizo volverse en la dirección de donde procedía.
